Muerte y belleza
Por Elena Morales
Zimmermann no piensa en la muerte como “fin”, tampoco como continuidad de la vida del alma, más bien como transmutación, metamorfosis, mutación… Con esta temática —de la misma manera que
Sus retratos extraños, pálidos, blancos, ocres, amarillentos y verdosos, grotescos, con los ojos vueltos hacia dentro, frecuentemente calvos, que evocan el olor a muerte, conforman una parte importante de su producción, y se aproximan al espíritu de la pintura de Jean Rustin (años 80). Obtiene sus estímulos visuales de la gente de su pueblo —San Miguel de Abona, en Tenerife—, donde vive, y donde es fácil encontrar rostros peculiares. Una cara doble, otra con los rasgos tan difuminados que desaparecen por completo, un rostro de mujer con una risa delirante, una mano que tapa un semblante asustado... Zimmermann explora en la extravagancia, en la excentricidad física, en la fealdad, en la rareza y presenta estos aspectos del hombre con tanta naturalidad que, en sus cuadros, se transforman en belleza.
Su técnica es muy trabajada y depurada. Casi siempre realiza óleos sobre madera. Pinta a base de veladuras, lo que con el paso del tiempo provoca una creciente profundidad en sus obras, que ganan en riqueza pictórica y valor artístico.
Lo sorprendente de Eve María Zimmermann es no sólo que no ignora los aspectos oscuros, feos y repugnantes de la vida, sino que los observa con sabiduría y cautela y con ellos construye una plástica límpida, envolvente, y cautivadora que retiene y atrapa a todo aquel que se detiene a observarla, e incita a intentar percibir lo invisible de su poética.
FUENTE BIBLIOGRÁFICA: MORALES JIMÉNEZ, ELENA. “Muerte y Belleza” (traducido al alemán en el mismo libro: Tod und Shönheit). En: Eve-Maria Zimmermann (1787-2002). Altasur ediciones. Producciones Gráficas y Sala Conca. Tenerife, 2002.